INTRODUCCIÓN
La celebración de la fiesta de Pentecostés nos invita a ponernos en actitud de acogida y disponibilidad para que el Espíritu Santo realice en la Iglesia de hoy la acción de iluminar, animar y enviar que realizó en los apóstoles y la primitiva Iglesia.
Como nosotros hoy, también ellos se sentían confusos, impotentes, débiles y pecadores.
¡Cómo iban a continuar la misión salvadora de Jesús en un ambiente y un medio religioso, cultural y social tan hostil al Evangelio, hasta el punto de que había provocado la condena y muerte en la cruz de Jesús, el Maestro y Mesías! Ellos creían en Jesús Resucitado y le reconocían presente en medio de ellos, pero se sentían temerosos y se mantenían recluidos y refugiados entre ellos mismos (cf. Jn 20,19).
Es entonces cuando se produce un hecho inesperado: «se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes lenguas» (Hch 2,41). De este modo, la primera Iglesia inicia su andadura en el mundo, en la vida pública. Abre las puertas y comienza a proclamar la buena noticia de Jesús el Nazareno, muerto por los hombres pero resucitado por Dios.


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